Incluso las sonrisas son tristes. Nunca me había abrigado tanto al salir de casa, no era necesario. Estabas tú para resguardarme del frío, para apretarme fuerte contra tí, para taparme entre las mantas contigo al llegar congelada a tu habitación y besarme, besarme de esa manera que me hacía olvidar las letras de aquellas canciones que sonaban de fondo. Pero de repente la música ha vuelto a cobrar sentido, ahora todos los acordes hablan de ti, y de mi. Stop. Rewind. Play. Volumen máximo, y comienzo a echar de menos. Volver a estar en el lugar más apartado, más oscuro, sentada en cualquier sitio incomodo, sin hacer nada, sin decir nada y sin embargo sentirme en casa por el mero hecho de ser tú el que está sentado ahí conmigo. Antes todo pasaba desapercibido por mi vida, como un susurro, todas las personas, las cosas, pasaban como una niebla ligera por mi lado. No les prestaba la menor atención. Hoy, al contrario, te busco en cada cara, en cada terraza de esos bares repletos de gente a la que me quedo mirando sin ningun tipo de disimulo, en cada esquina, en cada coche, atenta siempre de escuchar como acelera tu moto para venir a buscarme.
Ni si quiera una taza de chocolate caliente tiene ya el mismo sabor, hasta eso se está perdiendo.




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